UNA AGENDA PARA LA UNIVERSIDAD EVANGÉLICA LATINOAMERICANA

Por: GUILLERMO W. MÉNDEZ M. A.

 

Introducción

La universidad es agente de cambio. La educación es cambio y a la luz de lo dicho hasta aquí, el compromiso con el cambio toca a los maestros, a los educandos, a los empleados de la universidad, a la nación y a la Iglesia. A la base de esto esta la noción del evangelio. En el evangelio el hombre nuevo hace nuevas todas las cosas.

 

Sin embargo, el aporte de la universidad evangélica no es sólo el de transmitir “ideas”, tampoco el perfeccionar “destrezas”. No se trata de enseñar-aprender a “jugar un papel social determinado”. Es mucho más que eso. Es una formación para la vida y por eso se implica la comunidad en la que vivimos, sus valores, la ética que practicamos y nuestra proyección sobre la sociedad política, esa que tiene el poder para moldearnos de maneras muy positivas o muy retorcidas. Por eso las competencias que la educación crea empiezan en casa, pasan por la escuela y la universidad e incluyen a la Iglesia y a la sociedad. Esta es la manera en que la universidad devuelve de lo mucho que recibe, primero de la Iglesia y luego del pais.

 

Este aporte parte de dos hechos fundamentales. El primero es que la universidad entiende a la iglesia y a la sociedad. El modelo evangélico cree en la Iglesia y la sustenta. El Nuevo Testamento no habla de colegios ni radios evangélicas, tampoco de seminarios o universidades. Habla fundamentalmente de la Iglesia y por eso la universidad no puede sino hacer el papel de aliada de la Iglesia. Pero entender el papel de la Iglesia es entender que es imperfecta, aun desde las páginas mismas del Nuevo Testamento. Por eso, a la universidad se le impone conocer tanto las debilidades como las fortalezas de la Iglesia para trabajar desde ellas.

Por otro lado, la comprensión de la sociedad implica reconocer su carácter político Eso significa que esta sociedad esta compuesta de individuos que deliberan, escogen, producen y votan, en fin, que tienen la capacidad de elegir y ser electos. La comprensión de la sociedad pasa por el reconocimiento de que tal sociedad no existe de manera consciente y deliberada en América Latina. No es una decisión de sus miembros. Existe en nuestro medio, de manera anónima, a guisa de ficción jurídica, pero no como una decisión resuelta de los individuos de pertenecer y contribuir a tal grupo social.

 

Así que si la primera tarea consiste en comprender a la Iglesia y la sociedad, la segunda tarea que la universidad tiene, consiste en concebir primero y crear después la sociedad política. Entender a la Iglesia y al contexto y construir la sociedad política son las dos grandes tareas de la universidad.

Por estas razones, al hablar de la agenda de la universidad evangélica, lo hacemos en singular, sugiriendo desde ahora la importancia de una acción coordinada y conjunta. Una agenda que repasa, replantea y lanza hacia adelante el trabajo de las universidades evangélicas. Para ello nos interesa tocar los valores de la Reforma, la interpretación de la historia y la práctica de la espiritualidad protestante.


LOS VALORES DE LA REFORMA EN LA AGENDA
Entender la sociedad es una de las notas que hemos subrayado. Pero es entenderla desde el evangelio. El legado de los reformadores fue precisamente en esa dirección. Si algo debe construirse en América Latina es el sentido de sociedad política frente a la “comunidad solidaria” que nos caracteriza.

 

Primero, se evidencia nuestro subdesarrollo político en la tradición pre política, pre estado, de un estado que existe en el papel pero no en la realidad del poder; segundo, se ve que la naturaleza comunal y solidaria de nuestras poblaciones rurales no deja espacio para la sociedad política; tercero, se hace claro que la mentalidad de comunidad que cultiva la Iglesia Católica y el comunalismo que se promueve desde las ONGs y organismos de cooperación internacional, tampoco permiten que se suscite la sociedad política.

La nota bíblica de la responsabilidad personal, de la ética de trabajo y de la promoción de la riqueza, no tiene aliento en una comunidad solidaria. Proveer para el sustento propio, una nota distintivamente bíblica, tampoco lo tendrá en una sociedad presidida por el estado como el gran benefactor.

 

En ese contexto, ayudar a la nación a transitar de la visión de aldea, de comunidad, de la ausencia del yo en la vida pública, a la afirmación de la responsabilidad personal, es el gran aporte del evangelio en estas tierras. Es la posibilidad de transitar de la visión pre política de sociedades medievales a la modernidad.

 

La afirmación del yo individual no es solo importante en la doctrina cristiana del pecado. Lo es también en la doctrina cristiana de la responsabilidad y de la rendición de cuentas. Sin el yo individual se diluye el concepto del pecado y una antropología sin una doctrina clara del pecado resulta siendo mas deudora a la ICR que a la Reforma. La previsión del futuro, un concepto importante para el desarrollo, se evapora. En fin, sin el yo individual el camino a la sociedad política, a la responsabilidad personal, al desarrollo y a la modernidad son imposibles.
En este marco, a la universidad le competen algunos asuntos muy puntuales. Primero, hacer de sus profesionales personas versadas en los grandes problemas de América Latina y también competentes para trabajar, dirigir y proponer grandes soluciones. Eso requiere proponer un nuevo enciclopedismo evangélico, con una nueva producción de literatura para el cambio, con una nueva visión en todos los campos, especialmente en filosofía, teología, derecho y economía.

 

Segundo, crear nuevas entidades, think tanks e institutos de afiliación de intelectuales cristianos, que buscan penetrar el mundo intelectual secular. Tercero, Promover el renacimiento y Reforma de la fe evangélica. Intelectualmente eso requiere prever la emergencia de una derecha anti renacentista y de los interpretes anti evangélicos, teólogos y sociólogos. Una postura social y política de tal proyección obligará a la derecha e izquierda radical a reagruparse y replantearse en función del desafío que la transformación del continente les presenta.

 

Cuarto, ha llegado el momento de fortalecer la red de universidades evangélicas, con su oficina en cada universidad, su personal, sus publicaciones, sus comunicaciones, su propuesta académica y sus planes estratégicos. Esto a fin de promover una sola visión evangélica, bíblica, espiritual, académica y social en todas las universidades, en el espíritu de los dones espirituales y de la unidad del cuerpo del Nuevo Testamento.


LA INTERPRETACIÓN DE LA HISTORIA EN LA AGENDA
Hasta 1800 la pertenencia a la Iglesia no era una elección. Los latinoamericanos nacían mestizos o indios, pobres y católicos. La religiosidad no era una opción tomada libremente sino otro punto en el que los hombres estaban cautivos, desde la coronilla hasta la conciencia. Por eso es que la interpretación de la historia nuestra esta vinculada a la libertad de culto.

Por supuesto, este hecho hunde sus raíces en las palabras de Martín Lutero: “A menos que sea convencido por la Escritura y por la razón, no acepto la autoridad de los papas y los concilios, porque se contradicen, mi conciencia está cautiva de la Palabra de Dios. No puedo ni lo haré, retractarme de nada, porque ir contra la conciencia no es correcto ni justo. Que Dios me ayude. Esta es mi posición. No puedo hacer otra cosa. Amén”. Esa es la semilla misma de la libertad de conciencia.

 

Esa simiente creció. En la firma de la Paz de Augsburgo (1555) se aceptó que los reyes protestantes tuvieran súbditos protestantes, con ello se dio el reconocimiento por parte del sacro imperio Romano de las regiones protestantes. Luego, con la firma del Edicto de Nantes (1598) se aceptó la tolerancia a los cristianos protestantes franceses. Finalmente, en 1648, con la firma de La Paz de Westfalia, se generalizó la tolerancia a toda Europa, hecho que no sólo puso fin al Sacro Imperio Romano, sino que reestructuro las líneas de poder y autoridad en el continente, posibilitando la emergencia de Francia como potencia.

La débil luz de libertad de conciencia que surgió con Lutero en 1517, que paso por un reconocimiento local en 1555, por uno internacional en 1598, logro finalmente, un reconocimiento continental en 1648. No es secreto que los historiadores europeos trazan el origen de todas las libertades modernas a esta fundamental historia de la libertad de conciencia.

 

Quedó claro desde entonces que la libertad es un valor que se mide siempre frente al Estado. Por ello, fue natural que en el marco de la Reforma surgieran proyectos importantes de lucha por mantener esa libertad, primero frente a la Iglesia, luego frente al rey y posteriormente frente al Estado.

 

En este sentido, la pregunta de hasta donde la historia de nuestra libertad es una y la misma que la de Europa, adquiere aquí una respuesta concreta. Primero, es una y la misma libertad. Lo es de instituciones medievales como la Iglesia, como el estado estamental, patrimonial y cuasi monárquico, un estado pre político en el que la competencia y la reestructuración de la riqueza por medio del mercado aun no se conocen. Es también en el fondo una liberta de categorías paulinas: la carne, el pecado y Satanás.

Por otro lado, es una emancipación diferente, en tanto las cadenas son diferentes. Por ejemplo, la expresión política del continente desconoce el derecho consuetudinario, las ideas greco romanas de la libertad y los valores específicos del cristianismo. Si esas fueron las líneas tributarias que formaron a Europa, ellas son ajenas a la historia de nuestras leyes y gobiernos. Espiritualmente, también es diferente en tanto tiene a unos sujetos diferentes; y, socialmente, nuestra cultura no ha pasado por las explosiones e implosiones de la guerra, de las rupturas de paradigmas y del reencuentro con la verdad científica o filosófica.

En este punto, frente a la reestructuración de las líneas de poder y autoridad en el continente, producto del cabildeo de los calvinistas y del compromiso de la iglesia, a los evangélicos latinoamericanos nos compete preguntarnos, ¿puede esto hacer otra vez en América Latina? La respuesta es obvia.

 

La tarea en este marco consiste en enseñar a la Iglesia y a la sociedad. La universidad en tanto que reflejo de la imperfección humana y de la gracia divina apoya a la Iglesia. Pero, en tanto que “universitas” apoya a la sociedad. “La Ciudad de Dios” y la “Ciudad del Hombre” de San Agustín se unen en la universidad.

 

Pero su agenda no es la agenda de Naciones Unidas. La comunidad que se forma no es humana solamente; es cristiana en tanto tiene como representante a Jesucristo. El N.T. no coloca la humanización como la meta del Evangelio, sino la cristianización, es decir, la humanización a partir de Jesucristo. De donde, el sentido o significado final de la historia no es otro fundamento sino Jesucristo mismo, agente, meta y medio de la creación original, de su restauración y por ende de la historia.


LA ESPIRITUALIDAD EVANGELICA EN LA AGENDA
La recuperación de la espiritualidad evangélica debe comprobar que el movimiento evangélico no es un fósil. Lo espiritual, desde el punto de vista bíblico, es ese ámbito o esfera en donde ocurre nuestra unión con Dios. Esa unión es con la voluntad de Dios, en conocimiento, en amor, en voluntad y en oración. Unión que por otro lado, constituye la antesala de la fruitio Dei de Agustín, (disfrutar a Dios), reservada para la vida eterna. La espiritualidad y la obediencia son oportunidades siempre abiertas para el pueblo de Dios.

Pero, debe recordarse también que, precisamente en este plano, el espiritual, el hombre es un ser caído. La asechanza de los dioses de factura humana y la impostura teológica de cambiar a Dios por la criatura son amenazas siempre presentes en el pueblo de Dios. La ciudad del hombre y la historia presente son la esfera de la obediencia, del llamado o vocación y es la esfera en la que se da la “guerra de Iglesia”.

 

La guerra de iglesia consiste en desenmascarar toda pretensión de adoración, toda arrogancia, sea institucional o personal, que pretenda suplantar a Dios y que niegue la singularidad de Dios y exclusividad del señorío de Jesucristo. Identificar en qué consiste el envanecimiento, cuál es el contenido de la verdad y en qué se basa el culto a la criatura, es algo que la revelación bíblica describe en términos muy claros.

 

Si hemos explicado bien los efectos de nuestras instituciones, esta claro que ellas han determinado nuestra actitud de irrespeto a la ley, que obstaculizan la moral personal, premian al vivo y castigan a la persona honesta. Se constituyen en una falsificación de la Iglesia y obstaculiza la obediencia a la ley. En este modelo se eliminan las reglas y se privilegian las conveniencias, enseñándonos a vivir en bancarrota espiritual. Ese es el eje del culto al poder. Algo que se interpone en nuestra relación con Dios. Los interesados en que eso no cambie, desean usufructuar al Estado a fin de vivir de sus intereses. Eso es avaricia que también es idolatría según el san Pablo. Estos trabajos han ofrecido suficientes razones teológicas para considerar a este modelo, un enemigo de Dios y de nuestra espiritualidad.

 

La raíz de un nuevo avivamiento que nos ayude a superar las idolatrías es una necesidad en nuestra sociedad. Se trata de un avivamiento que puede incluir el crecimiento numérico de la iglesia, pero cuya meta o fondo es su significado teológico. El significado teológico es que en efecto tal avivamiento representa al evangelio y no sólo a nuestras preferencias eclesiásticas actuales. Nuestra identidad evangélica depende de una visión teológica que es más amplia que las modas eclesiásticas y que tiene un sano fundamento bíblico.

 

En este sentido, a la universidad le compete apoyar la construcción de la identidad de los latinoamericanos y de la Iglesia desde América Latina. Eso es forjar una espiritualidad que incluye una visión de mundo y una espiritualidad situada en las responsabilidades cotidianas; una espiritualidad con asidero histórico. Ese asidero toca a instituciones e individuos. Si nuestro compromiso es con el cambio, entonces la transformación de las instituciones y de las actitudes de los evangélicos son el punto clave. No podemos decir que el evangelio ha tocado a nuestro país sino ha tocado nuestras instituciones ni nuestras actitudes.

 

La interpretación teológica de nuestras instituciones y nuestras actitudes no debe hacerse solamente en función de la iglesia o del origen sociológico de estas. La desobediencia a la ley en nuestro medio, y por ende, el irespeto a la moral y a la ética se forjan precisamente en las instituciones políticas que nos rigen. Identificar cómo sucede esto y qué hay que hacer para interrumpir el viciado proceso de impunidad, desdén por la ley y por los derechos de los demás, es parte fundamental de encontrar nuestra identidad y recuperar nuestra espiritualidad.

 

CONCLUSIÓN

Hemos dicho que la primera tarea de la universidad consiste en comprender a la Iglesia y la sociedad; la segunda, consiste en concebir primero y crear después las instituciones fuertes y las actitudes congruentes con el evangelio. Entender a la Iglesia y al contexto y construir una sociedad responsable y sujeta a normas son las dos grandes tareas de la universidad.

Por estas razones, al hablar de la agenda de la universidad evangélica, lo hacemos en singular, sugiriendo la importancia de una acción coordinada y conjunta. La iglesia que se involucra en la guerra de Iglesia lo hace consciente de que el mundo solo es objeto del juicio divino en tanto que asunto teológico, como sistema encabezado por Satanás que deja a Dios afuera. En el espíritu de Pablo, en Romanos 1, la base del juicio se debe a que los hombres “no glorificaron a Dios ni le dieron gracias, sino se envanecieron en sus razonamientos”.
A esa guerra de Iglesia, los discípulos de Jesucristo le dan la bienvenida desde los distintos puntos de influencia que tienen en la sociedad, incluyendo la educación superior. Sin esa claridad el evangelio es escapismo, la conversión es un llamado a la irresponsabilidad y la religión es verdaderamente un opio o analgésico del pueblo. Esa no es la visión que Jesús tenía de sus discípulos.
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